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Ushuaia entre el turismo de lujo y la crisis habitacional: un paraíso al límite

La ciudad más austral del mundo, Ushuaia, vive una paradoja creciente: mientras bate récords de visitas turísticas, enfrenta una profunda crisis habitacional que golpea con fuerza a los trabajadores locales. Enclavada entre montañas, bosques y el Canal Beagle, la capital fueguina se ha consolidado como la principal puerta de acceso a la Antártida, recibiendo cada temporada a decenas de miles de viajeros dispuestos a pagar entre 15.000 y 18.000 dólares por cruceros de lujo rumbo al continente blanco.

Este verano, el puerto recibió un flujo inédito de embarcaciones. Se estima que más de 120.000 pasajeros antárticos partieron desde sus muelles, marcando un aumento del 10% respecto al año anterior. Esta actividad turística genera ingresos, empleo y dinamismo económico. Pero también está empujando al límite a una ciudad que creció un 45% desde 2010 y que no logra cubrir la creciente demanda habitacional.

Muchos trabajadores, como Nolly Ramos León —madre soltera de cuatro hijos y empleada en un hotel del centro— viven en asentamientos informales en las laderas de las montañas, donde han talado bosque para levantar precarias viviendas sin servicios básicos. “Esta casita que tengo, tardamos muchos años en hacerla. A veces no teníamos ni para comer”, cuenta Ramos León, cuyo hogar no tiene agua corriente ni conexión eléctrica.

La Cámara de Turismo estima que Ushuaia cuenta con unas 6200 camas habilitadas para turistas, aunque se cree que el número real es superior debido a la proliferación de alquileres temporarios no registrados. El auge de las plataformas como Airbnb ha encarecido los alquileres a niveles impensados: un departamento de dos ambientes puede superar los $900.000 mensuales. “Los alquileres en Ushuaia ya son más altos que en Palermo”, advierten desde la organización Que Nos Escuchen, que trabaja por el acceso a la vivienda digna.

La presión del turismo también genera tensiones ambientales. Cada viajero a la Antártida produce, en promedio, cinco toneladas de dióxido de carbono, en una región que ya se calienta más rápido que el promedio mundial. Este año, una formación glaciar en el Parque Nacional Tierra del Fuego colapsó producto de temperaturas anormalmente altas.

Pese a estos desafíos, el interés turístico por la región no disminuye. La ciudad planea ampliar su muelle, y cadenas internacionales como Meliá ya anunciaron la construcción de hoteles de alta gama. Sin embargo, referentes locales como Julio Lovece, presidente de la Fundación Ushuaia XXI, advierten sobre la necesidad de establecer límites claros al desarrollo: “Creemos que podemos recibir más turismo, pero este es el momento de pensar directrices que eviten perder el control”.

Mientras tanto, la ciudad que vende “el fin del mundo” como destino soñado debe enfrentar la contradicción de atraer a miles de visitantes sin garantizar condiciones dignas para quienes los reciben. “Va a llegar un momento en que Ushuaia va a ser solo para turistas —alerta María Elena Caire, referente de la lucha por la vivienda—. ¿Y quién los va a atender, si ya no podemos vivir acá?”

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