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Una familia cercada por el miedo y el silencio judicial

Una historia marcada por el dolor y la impotencia vuelve a poner en evidencia las fallas del sistema judicial ante situaciones de violencia de género. Una mujer y su hija atraviesan, desde hace años, un calvario constante ante el accionar violento del padre de dos niños, sin que las reiteradas denuncias ni las pruebas presentadas hayan derivado en medidas de protección efectivas.

La situación llegó a las redes sociales como último recurso. La familia, desesperada, expuso públicamente una realidad que se repite en muchos hogares: la ausencia de respuestas frente a amenazas, agresiones, violaciones de restricciones perimetrales y hechos de extrema gravedad como el uso de armas para intimidar.

En este caso, los episodios no solo afectan a la mujer adulta, sino también a sus dos hijos pequeños, víctimas directas de la violencia. Durante una de las visitas del padre, ambos niños —de 9 y 4 años— fueron golpeados, sufriendo lesiones visibles y secuelas emocionales. Uno de ellos relató cómo era asfixiado “jugando”, y luego imitó ese comportamiento con su hermano menor. Las pruebas existen: fotografías, testimonios, incluso mensajes del propio agresor reconociendo los hechos. Sin embargo, la detención nunca llegó.

El miedo se convirtió en rutina. Las mujeres viven encerradas, durmiendo mal, sin certezas sobre su seguridad ni la de los menores. La figura del agresor aparece en la calle, merodeando, burlando medidas judiciales que parecen simbólicas. En ocasiones, solo un patrullero estacionado frente a una vivienda funciona como barrera precaria frente al peligro inminente.

El relato de la familia también denuncia el desgaste institucional: largas horas en fiscalías, declaraciones que terminan archivadas, promesas incumplidas y una sensación de abandono. “Todo queda dormido en un escritorio”, sintetizan.

Hoy, el reclamo no solo exige justicia para un caso concreto, sino también respuestas estructurales. Que las medidas de protección se apliquen con rigor. Que la violencia hacia niños y mujeres no sea ignorada ni minimizada. Y que el miedo deje de ser una constante en la vida de quienes solo buscan vivir en paz.

El silencio judicial, señalan, es tan doloroso como la violencia misma. Y ante esa ausencia, una madre y una hija siguen luchando, con la esperanza de que su grito no vuelva a caer en el vacío.

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