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Uvas que desafían el frío: la historia del parral que lleva 30 años dando frutos en Río Grande

En una ciudad donde el clima extremo suele marcar los límites de la producción agrícola, una historia silenciosa y persistente comienza a llamar la atención: desde hace más de tres décadas, un parral de uvas crece y produce en pleno casco urbano de Río Grande, desafiando bajas temperaturas, vientos y prejuicios sobre lo que “no se puede” cultivar en la Patagonia fueguina.

El protagonista es Pancho Barría, vecino de la ciudad y referente local en huertas y viveros, quien conserva una planta de uva moscatel verde que llegó a la isla desde Mendoza hace más de 30 años, transportada en una valija como un simple gajo. Aquella decisión, casi improvisada, terminó convirtiéndose en una experiencia productiva única en la región.

La plantación se encuentra en el predio de la histórica familia Manquemilla, antiguos pobladores de Río Grande. Fue la abuela Manquemilla, ya fallecida, quien impulsó y acompañó los primeros pasos del cultivo, aportando conocimientos empíricos sobre los tiempos del clima fueguino y las formas de adaptación necesarias para que la planta sobreviviera. Sin calefacción y con un invernadero precario en sus inicios, la vid no solo resistió, sino que comenzó a dar frutos a partir del tercer año.

Hoy, ese mismo parral —convertido en un tronco robusto y extenso— produce más de 150 racimos por temporada, algunos de ellos de tamaños poco habituales, que pueden superar los cuatro kilos. La cosecha suele madurar entre fines de marzo y principios de abril, siguiendo ciclos similares a los de regiones vitivinícolas tradicionales del país, pero en un contexto climático completamente distinto.

Barría explica que el secreto no está en fórmulas mágicas, sino en el uso de plantas madre adaptadas, la protección bajo techo translúcido y el respeto por los ritmos naturales. A partir de esta experiencia, impulsa la reproducción de plantas mediante gajos productivos, lo que permite obtener frutos en apenas tres años, muy lejos de los plazos que demandan los cultivos por semilla.

La historia del parral no solo habla de uvas. Es también un testimonio de identidad, memoria y arraigo, sostenido hoy por la familia Manquemilla, que conserva intacta la huerta original como patrimonio familiar, y por un productor que insiste en que en Río Grande hay mucho más por hacer de lo que se cree, incluso en contextos adversos.

Mientras algunos descubren recién ahora la posibilidad de cultivar uvas en el “fin del mundo”, este parral lleva tres décadas demostrando que la tierra fueguina también puede dar frutos, cuando hay conocimiento, paciencia y una comunidad que transmite saberes de generación en generación.

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