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Una historia que desafía estigmas: transformación y educación en el penal de Río Grande

A seis años de haber sido condenado por homicidio, Walter Daniel López protagoniza una historia que interpela al sistema penitenciario, al Poder Judicial y a la sociedad en su conjunto. Hoy, privado de su libertad en la Unidad de Detención de Río Grande, López se ha convertido en abogado, referente educativo y promotor de proyectos sociales, en un proceso de transformación que vuelve a poner en discusión el sentido de la pena y el derecho a una segunda oportunidad.

De una condena a 22 años, a un cambio radical

En 2019, la Justicia fueguina lo condenó a 22 años de prisión por el asesinato de Adrián Garelli, ocurrido a la salida de un local nocturno. También se le atribuyó la tentativa de homicidio de otra persona durante el mismo episodio. La causa tuvo fuerte repercusión social y rechazo público. Pero, dentro del penal, López comenzó una reconstrucción personal que desafía estigmas y prejuicios.

No era nadie cuando llegué. Hoy me voy siendo abogado”, resume López, quien finalizó sus estudios secundarios, obtuvo el título de abogado y hoy preside el Centro de Estudiantes del penal.

Educación como motor de cambio

López admite que al momento de ingresar a la cárcel arrastraba un pasado de consumo y abandono escolar. “Cometí errores muy graves”, reconoce. Pero asegura que encontró en la educación una puerta abierta cuando todo lo demás parecía cerrado. Actualmente cursa cuatro diplomaturas y completó más de quince formaciones complementarias.

Antes el que estudiaba era visto como un gil. Hoy, si no estudiás, no sos nadie. Tenés tiempo, usalo para vos. El conocimiento es lo único que no te pueden quitar”, afirma.

Proyectos con impacto social y ambiental

Además de su formación académica, participó en talleres de carpintería y electricidad, y lideró diversas campañas solidarias dentro del penal. Junto a otros internos construyó cuchas para perros de refugios, confeccionó cartucheras para comunidades originarias y pañuelos para organizaciones contra el cáncer.

Uno de sus proyectos más destacados es “Ecolápiz”, una iniciativa que combina ecología y educación: insertar semillas en lápices escolares para que los egresados planten un árbol al terminar el ciclo lectivo, como símbolo de crecimiento.

Reflexión y propósito

Lejos de negar su pasado, López sostiene: “Estoy profundamente arrepentido. Por lo que hice, por lo que causé, y por lo que me trajo hasta acá. Pero también creo en la posibilidad de cambiar”. Cita a Nelson Mandela: “Nadie debe ser privado de una segunda oportunidad”, y afirma haber hecho de esa frase un lema de vida.

“La condena larga te deja solo. Pero esa soledad también puede ser un punto de partida. ¿Qué prefiere la sociedad? ¿Un hombre resentido o uno transformado que te ayuda con las bolsas en la calle?”, se pregunta.

“Quiero dejar huella, no heridas”

Con vistas a su futuro, sueña con reconstruir los vínculos familiares, visitar la tumba de su hermano y ejercer la abogacía con compromiso social. “Mi objetivo es ser recordado como alguien que, a pesar de sus errores, eligió el camino del cambio”, afirma.

Y deja un mensaje para los más jóvenes: “No quemen etapas. Estudien cuando es tiempo de estudiar, trabajen cuando es tiempo de trabajar. Estuve seis años limpio, sin medicamentos ni escapes. Y sí, se puede”.

La historia de Walter López plantea una incómoda pero necesaria pregunta: ¿Está el sistema preparado para acompañar una verdadera reinserción? ¿Y la sociedad, está dispuesta a aceptarla?

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