Récord de turistas en la Antártida: advierten por el impacto ambiental y la falta de regulación
El turismo en la Antártida volvió a marcar un récord histórico durante el último verano austral, con cerca de 125.000 visitantes, más del doble que hace apenas cinco años. Si bien la cifra confirma la creciente popularidad del continente blanco como destino, también refuerza la preocupación de ambientalistas y científicos por la ausencia de una regulación vinculante que limite el impacto humano en uno de los ecosistemas más frágiles del planeta.
Cada temporada, alrededor de 80 cruceros antárticos llegan a sus costas, transportando pasajeros —en su mayoría estadounidenses— que desembarcan en puntos específicos de la península solo si la nave lleva menos de 500 turistas. La actividad, mayormente marítima desde sus inicios en la década de 1950, se presenta como una experiencia de aprendizaje y concientización, con altos estándares de sostenibilidad según sus operadores. Sin embargo, estudios recientes señalan que las expediciones turísticas alteran el comportamiento de la fauna, aceleran el derretimiento del hielo, introducen especies invasoras y contaminan las aguas polares.
“El mayor problema es que el turismo está aumentando y no hay una gestión integral establecida”, alertó Claire Christian, directora de la Coalición Antártica y del Océano Austral (ASOC), quien remarcó que, si se pretende que la actividad turística continúe siendo legítima, “debe estar mejor regulada”.
Desde 1961, los países firmantes del Tratado Antártico, actualmente 58, han emitido más de 50 resoluciones sobre turismo, pero en su mayoría se trata de recomendaciones o directrices voluntarias que dependen de su adopción por parte de las legislaciones nacionales. Mientras tanto, la supervisión real de las actividades turísticas en la Antártida recae en la autorregulación de las agencias y operadores, muchos de los cuales se afilian voluntariamente a la Asociación Internacional de Operadores Turísticos de la Antártida (IAATO), con normas más estrictas que las exigidas legalmente.
“No existe una policía en la Antártida. El control se basa en observar lo que hace el otro”, explicó el guía Santiago Imberti desde Punta Arenas, ciudad chilena que funciona como una de las puertas de entrada al continente blanco.
En respuesta al crecimiento sostenido del turismo, los miembros del Tratado Antártico acordaron en 2023 avanzar hacia una regulación unificada y de carácter obligatorio, para agrupar y reforzar las normativas existentes. Sin embargo, especialistas como la investigadora Chantal Lazen, del Programa de Estudios Antárticos de la Universidad de Chile, advierten que la construcción de un nuevo protocolo enfrenta obstáculos políticos y económicos debido a los distintos sistemas jurídicos e intereses entre los países participantes.
Aunque operadores como la Fundación Antártica 21 aseguran que las expediciones actuales cumplen con exigentes estándares de responsabilidad social, otros señalan que la presión por mejorar la experiencia de los turistas lleva a algunos a “romper o flexibilizar las reglas”, incrementando los riesgos.
“Es positivo que el tema se esté discutiendo, pero necesitamos que se tomen decisiones concretas cuanto antes”, reclamó Claire Christian, quien recordó que el turismo es ya uno de los principales factores de presión sobre el ecosistema antártico.
La discusión está abierta, pero el deshielo avanza más rápido que los acuerdos.
