Ocho décadas de daños: el castor avanzó sobre casi todas las cuencas fueguinas

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Lo que comenzó hace 80 años como un intento por desarrollar una industria peletera terminó convertido en uno de los mayores desafíos ambientales de Tierra del Fuego. Los 20 castores introducidos en 1946 encontraron abundante alimento, numerosos cursos de agua y ningún depredador natural, condiciones que facilitaron una expansión prácticamente incontrolable.

Actualmente, la especie habría colonizado el 95% de las cuencas fueguinas. Investigadores del CADIC-CONICET identificaron 206.203 diques en todo el archipiélago: 100.951 del lado argentino y otros 105.252 en territorio chileno. La invasión ya alcanzó el continente en el país vecino y mantiene abierta la preocupación por su posible avance hacia otros sectores de la Patagonia.

La capacidad del castor para transformar el paisaje explica la magnitud del problema. Al levantar represas con troncos y ramas, interrumpe el curso natural del agua, inunda grandes superficies y modifica las condiciones del suelo. En Tierra del Fuego, los bosques de lenga, guindo y ñire no están preparados para soportar esas alteraciones, que provocan la muerte de árboles y cambios duraderos en la vegetación.

Los daños tampoco se limitan a las áreas boscosas. Los diques afectan turberas, pastizales y ambientes ribereños fundamentales para regular el agua, conservar la biodiversidad y almacenar carbono. Un informe oficial calculó que unas 31.476 hectáreas fueron alteradas por la presencia de esta especie exótica, mientras que algunos sectores de lenga podrían demorar cerca de 200 años en recuperarse.

La situación también alcanza al Parque Nacional Tierra del Fuego, donde se detectaron castores en todas las cuencas. Allí, su presencia perjudica principalmente los bosques cercanos a ríos y arroyos, aunque también se encontraron construcciones en zonas de vegetación altoandina y en los bordes de las turberas.

Durante años, las acciones estuvieron orientadas a reducir la cantidad de ejemplares mediante capturas y controles localizados. Sin embargo, muchas áreas volvían a ser ocupadas después de las intervenciones. La experiencia científica demostró que cualquier medida debe sostenerse en el tiempo, incluir monitoreos permanentes y abarcar superficies suficientemente amplias para impedir la recolonización.

Frente a esta realidad, Argentina y Chile firmaron en 2008 un acuerdo de cooperación que estableció como objetivo avanzar hacia la erradicación del castor en Tierra del Fuego. Desde entonces se desarrollaron experiencias piloto, se probaron métodos de captura y se analizaron las posibilidades de restaurar los ambientes una vez retirada la especie.

Entre 2016 y 2018 se destinaron más de 1,1 millones de dólares a tareas de control dentro de un proyecto internacional, además de los recursos aportados por organismos científicos. El desafío, no obstante, requiere continuidad, coordinación binacional y financiamiento suficiente durante muchos años.

Retirar a los animales representa solamente una parte del proceso. Después es necesario evaluar la evolución de los cursos de agua, los suelos y la vegetación para determinar qué lugares pueden recuperarse naturalmente y cuáles necesitan trabajos adicionales de restauración.

En apenas unas décadas, los descendientes de aquellos 20 ejemplares lograron ocupar casi toda la isla y transformar profundamente sus ecosistemas. Ahora, el reto consiste en detener una expansión que no reconoce fronteras y recuperar ambientes que podrían necesitar generaciones enteras para volver a parecerse a los existentes antes de la llegada del castor.