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Crece la preocupación por el consumo de ultraprocesados y energizantes en jardines fueguinos

Cada vez son más frecuentes los casos de niños pequeños, incluso de 4 años, que asisten al jardín llevando bebidas energizantes, gaseosas y snacks procesados en sus loncheras. Así lo advirtió la licenciada en nutrición Natalia Soto en una entrevista radial, encendiendo las alarmas sobre los hábitos alimentarios en la primera infancia.

La especialista describió una situación preocupante: menores que llevan Gatorade, papas fritas industriales o incluso energizantes a la escuela, cuando deberían estar incorporando alimentos naturales y caseros como parte de su dieta diaria.

Soto explicó que, si bien estos consumos no siempre impactan de manera inmediata en el peso corporal de los chicos —especialmente en los más activos—, sí generan patrones alimentarios poco saludables que podrían tener consecuencias negativas en la adultez. “Estamos creando hábitos que serán muy difíciles de revertir más adelante”, sostuvo.

Según relató, durante sus recorridos por jardines fueguinos observó que entre 3 y 4 niños por aula llevan productos no recomendados. Esto influye en el resto del grupo, ya que muchas veces no existe un control efectivo sobre lo que consumen. “Si un chico lleva una gaseosa o un paquete de snacks, los demás también lo quieren. Es ahí donde debemos intervenir como adultos, con propuestas más sanas”, señaló.

La nutricionista lamentó que aún sean pocos los casos en los que los niños llevan alternativas caseras, como un budín, muffins o frutas. También apuntó a la escasa incorporación de verduras en la dieta infantil, especialmente durante el invierno, cuando —según comentó— persiste la creencia errónea de que “no se puede comer ensalada por el frío”.

“Hay muchas formas de incorporar vegetales en comidas calientes: sopas, guisos, verduras al vapor o grilladas. No hay excusas. La clave es acostumbrar al paladar desde casa y no depender de productos ultraprocesados que, aunque prácticos, están llenos de aditivos”, añadió.

Soto insistió en que la solución no pasa por prohibir, sino por educar y acompañar desde edades tempranas. “Es en la casa y en la escuela donde se forman los hábitos. Ofrecer alternativas mejores, enseñar a cocinar en familia, valorar lo casero… todo eso hace una diferencia”, concluyó.

El desafío, según expresó, es revertir una tendencia que ya empieza a naturalizarse en la rutina escolar: envases coloridos y comidas rápidas reemplazando opciones reales y nutritivas. Si no se actúa ahora, el impacto será duradero.

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