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40 años moviendo casas: el oficio que ayudó a construir barrios enteros

En Río Grande, hay escenas que llaman la atención de propios y extraños: una casilla avanzando lentamente por la calle, escoltada por personas que levantan cables, detienen el tránsito y miran con paciencia cómo una vivienda entera cambia de lugar. Detrás de esa imagen, que ya forma parte del paisaje urbano, hay una historia de más de cuatro décadas ligada al crecimiento de la ciudad y a una tradición que llegó desde el sur de Chile.

Rubén es uno de los protagonistas silenciosos de esa postal. Desde comienzos de los años 80 se dedica al traslado de casillas, una práctica poco habitual en el resto del país, pero profundamente arraigada en Río Grande. “Esto empezó por necesidad. La ciudad creció muy rápido y no había terrenos disponibles. La gente necesitaba un lugar donde vivir”, recuerda.

La costumbre tiene raíces en la isla de Chiloé, de donde provenían muchos de los primeros pobladores. Allí, las viviendas se construían sobre troncos o bases móviles porque sus dueños sabían que, tarde o temprano, tendrían que mudarse. Esa lógica se replicó en Tierra del Fuego y dio origen a un oficio que acompañó la expansión de barrios enteros.

Rubén comenzó junto a su padre, quien en 1979 compró una máquina y empezó con los primeros trabajos. “Yo tenía 18 años cuando ya movíamos casillas juntos”, cuenta. En aquellos tiempos, el tránsito era escaso y los traslados podían hacerse cualquier día. Incluso recuerda cómo, tras la inauguración del puente en 1982, los propios vecinos cortaban el paso para permitir que las casillas cruzaran sin riesgos. Hoy la realidad es distinta: más vehículos, más cables, más fibra óptica y mayores restricciones.

Actualmente, los traslados se concentran los fines de semana y requieren una logística mucho más compleja. Cada movimiento necesita autorización municipal, controles de Obras Particulares y, en algunos casos, el acompañamiento de personal de servicios públicos y de la cooperativa eléctrica. Las dimensiones máximas permitidas rondan los seis por ocho metros, aunque hay excepciones que demandan estudios previos del recorrido.

“El tiempo depende mucho del tránsito, del clima y de cómo esté construida la casilla”, explica Rubén. Un traslado largo puede demorar entre dos y tres horas, siempre y cuando el viento no supere los 60 o 70 kilómetros por hora. “Con viento fuerte ya no salgo, es peligroso”, aclara.

Más allá de la técnica y la experiencia, el trabajo tiene una carga humana difícil de ignorar. “Da mucha alegría cuando la gente llega a su terreno definitivo”, afirma. En cada traslado se arma una pequeña comunidad: el dueño, algún familiar, un amigo. Todos colaboran para que la mudanza llegue a buen puerto. “Muchos se mudan con la esperanza de que sea la última vez”, dice.

En más de 40 años de oficio, las anécdotas sobran: separaciones que terminan con una casilla de por medio, almuerzos improvisados al finalizar un traslado y hasta una mujer que cocinaba con leña dentro de la vivienda mientras era arrastrada por la calle. “Eso hoy sería impensado”, reconoce entre risas.

Rubén fue testigo directo del nacimiento y la transformación de numerosos barrios: Perón, Margen Sur, AGP, Centenario, Bicentenario, San Martín Norte, entre muchos otros. Algunos sectores hoy prohíben el ingreso de casillas, reflejo de una ciudad que cambió y se densificó.

Mientras tanto, cada fin de semana, la escena se repite. Una casa que avanza despacio, vecinos mirando, cables levantándose y alguien al volante que sabe exactamente cómo hacerlo. Porque en Río Grande, mover una casilla no es solo un trabajo: es parte de la historia viva de la ciudad.

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