El Petiso Orejudo: vida, crimen y muerte del primer asesino serial argentino, a 86 años de su fallecimiento
El 15 de noviembre de 1944 moría en la cárcel de Ushuaia uno de los personajes más oscuros y enigmáticos de la historia criminal argentina: Cayetano Domingo Santos Godino, conocido para siempre como El Petiso Orejudo. Su nombre quedó grabado como el primer asesino serial del país y como el rostro de una ola de crímenes que sacudió a la Buenos Aires de principios del siglo XX.
Infancia marcada por el abandono y la violencia
Godino nació el 31 de octubre de 1896 en Parque Patricios, en el seno de una familia atravesada por la pobreza, el alcoholismo y la violencia doméstica. Desde muy pequeño exhibió conductas antisociales: maltrato animal, incendios provocados y ataques a otros niños.
Su apariencia —baja estatura y orejas prominentes— le valió el apodo con el que pasaría a la historia.
A los 10 años ya acumulaba denuncias por incendios. A los 12, sus actos violentos se hicieron cada vez más frecuentes y peligrosos: salía a la calle, elegía niños al azar y los agredía con absoluta frialdad.
Los crímenes que aterrorizaron a Buenos Aires
Entre 1906 y 1912, Godino cometió cuatro asesinatos confirmados, además de múltiples intentos de homicidio e incendios intencionales. Sus víctimas eran siempre niños pequeños y vulnerables, escogidos sin ningún criterio más que la oportunidad.
Sus métodos variaban entre estrangulamientos, golpes con piedras, sogas y objetos punzantes.
Los crímenes más recordados incluyen:
- El asesinato de Arturo Laurora (1906).
- El intento de homicidio de Ana Neri, de 3 años.
- El crimen de Jesualdo Giordano, también de 3 años, en un baldío de la calle Pavón.
- El asesinato de Rómulo Renni, de 13 años, en 1912.
La ciudad quedó paralizada. En aquel entonces, el concepto de “asesino serial” no existía, pero la brutalidad y la falta de motivos en los crímenes de Godino encendieron el temor de toda la sociedad.
La captura y el diagnóstico
El 4 de diciembre de 1912, Godino fue detenido. Durante los interrogatorios, confesó los crímenes sin mostrar emoción alguna, algo que impactó profundamente a la Policía y a los médicos.
Los estudios psiquiátricos concluyeron que era un psicópata incurable. Debido a su corta edad —16 años— no pudo ser condenado a muerte. Fue internado primero en el Hospicio de las Mercedes y luego trasladado al Presidio Nacional de Ushuaia, en el extremo sur del país.
La vida en la cárcel del Fin del Mundo
Dentro del penal, Godino fue temido y rechazado por los demás reclusos. Su conducta antisocial no cesó: continuó provocando incendios, agrediendo compañeros y mostrando rasgos de crueldad persistente.
Uno de los episodios más recordados fue cuando mató al gato del penal, un animal que los reclusos habían adoptado como mascota. Ese acto terminó de condenarlo dentro de la población carcelaria.
Con el paso de los años, su estado físico y mental se deterioró notablemente. Aunque tenía una condena de reclusión perpetua, terminó convertido en un preso aislado, frágil y con escasa interacción con el resto del penal.
La muerte del Petiso Orejudo
El 15 de noviembre de 1944, Godino murió en el Presidio de Ushuaia a los 48 años.
Las versiones oficiales hablan de una hemorragia interna, pero otros relatos sostienen que fue víctima de una golpiza por parte de otros presos.
Sus restos fueron enterrados en una fosa común. Su historia, sin embargo, nunca pudo ser sepultada.
Un legado oscuro que perdura
La figura del Petiso Orejudo sigue siendo objeto de análisis criminológicos, históricos y psicológicos. Su vida expone una combinación extrema de abandono, enfermedad mental y violencia en una época en la que el Estado carecía de herramientas para abordar casos de este tipo.
En un nuevo aniversario de su muerte, su nombre vuelve a emerger como recordatorio de uno de los capítulos más perturbadores delictivos en Argentina, y como la trágica evidencia de una infancia quebrada que terminó engendrando a uno de los asesinos más temidos del país.
